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miércoles, 6 de agosto de 2008

El diablo invadió el paraíso

Dios le dijo a Adán:

-Tienes a tu alcance una Banelco para la cuenta 18.0015-4 del Banco Francés que contiene unos cuantos millones de dólares, pero no puedes gastarlo.
-Y para que me dices esto si no la podré usar. Lo mismo has hecho con el árbol de manzanas…y conocemos las consecuencias.
-Esta es una nueva oportunidad que te doy para redimirte ante mi figura.
-¿Y que crees que podría hacer con todo ese dinero?
-¿Cómo sabes que la palabra “dinero” existe? Yo nunca la he nombrado.
-Me la estás mostrando…
-Yo solo te he dicho que tienes a disposición una cuenta bancaria.
-¿Y los bancos no manejan “dinero”? Muchas cosas las entiendo Señor, aunque tu no me las hayas explicado.
-¡Me sorprendes Adán! Has perdido tu inocencia y yo no me he dado cuenta…Dime una cosa, ¿tu has vuelto a ver a Eva, verdad?

Adán titubea –No, desde que tú la echaste del paraíso, no he sabido de ella.
-Adán…
-Lo juro Señor, me han contado, pero…
-¡¿Quién te ha contado?! Si sólo están tu y ella en el mundo que he creado.
-Hace unos días…
-¿Cómo sabes lo que son los días? Si todavía nadie ha creado el calendario…Adán, ¿de dónde has sacado todos estos conocimientos?
-Déjame contarte…
-Has perdido tu inocencia Adán, ¡la has perdido!
-Una monja ha venido a mí para guiarme.
-¿Una monja?
-Si, así se hizo llamar. Vestía con una túnica negra y larga, que no dejaba ver sus piernas…(¡extraño tanto las de Eva mi señor!) Sobre su cabeza llevaba una manta que cubría su rostro, dejándole ver sólo sus brillantes ojos.
-¿Y que he dicho?
-Me contó sobre el dinero, los bancos, las guerras, la inmoralidad, la hipocresía, el egoísmo, la lujuria, la pereza, el diablo, las iglesias…
-Cuánto mal ha infundido en ti, ¿le has creído?
-Sonó muy cierto señor, fue muy sincera y sus argumentos eran razonables y comprobables.
-¡También te ha hablado de la ciencia! Todo el reino que he creado está en peligro, que disgusto…Eva ha vuelto para provocarme.
-¿Eva?, ¿dónde está que no la veo?
-Adán, la monja que has visto es Eva. Comprende eso, se disfrazó para engañarte y confundirte.
-Eva no haría eso, Señor.
-Lo ves, ha logrado manipular tus pensamientos, ¿qué más te ha dicho?
-No se como lo hizo, pero me anticipó que tu me darías dinero y me pidió que con él le compre joyas, ropa, perfumes, le construya palacios e iglesias.
-Eva es el diablo en persona…
-¿Cómo dice Señor?
-Nada Adán, ya comprenderás…

miércoles, 30 de julio de 2008

El arte no es inútil



Como verán, en esta última semana se me ha ido perdiendo la imaginación para abordar temas relevantes. No me salen las letras cuando me pongo a escribir. Nose porque será, pero creo que todos tenemos en algún momento esta fragilidad. Temo que sea el "gen simpsons", como alguna vez le pasó a Lisa, que creyó que su inteligencia se extinguía a medida que crecía (solo para fanáticos de la familia amarilla).

Y así como no tengo muchas palabras para poner (esta es la primera vez que escribo sobre una cuestión netamente personal), hoy leí una frase que Oscar Wilde citó en "El retrato de Dorian Gray":

"Todo arte es más bien inútil"

Pero, ¿qué es inútil? Mis palabras son inútiles, ya que no cambian nada, ni a nadie. Y no quiero comparar un simple párrafo con arte. Una vez escuché a un amigo que se dedica a la gastronomía decir que él "hace arte en la cocina". Y me lo creí, pero no por iluso e inocente, sino porque de alguna forma, todo lo que no sirva para sobrevivir es arte. Entonces, cambio de parecer y creo que mis palabras son arte.

Y me refiero al arte no como una mercancía de valor, sino "al arte por el arte mismo." Puede ser de gran calidad o no tenerla lo más mínimo, y sigue siendo arte. La calidad se la da el artista, le da el valor. En muchos casos el intérpetre de la obra transforma algo en arte, y se lo respeta por su nombre. En mi caso, no soy de renombre, ni reconocido, pero lo poco que aporto puede considerarse arte.

Arte es la música, y no sólo la clásica de Beethoven o la de Bach, la cumbia villera es arte, de menor o mayor calidad, pero es arte.



La gran diferencia la crearon los intelectuales. Adorno y Horkheimer, pensadores de la Teoría Crítica, postularon su idea sobre "el análisis de las masas". Según estos, las masas dieron lugar a la creación de la industria cultural, mecanismo que le quita calidad a los productos artísticos que consumen las clases altas. Así, la imagen del cuadro de la Mona Lisa puede ser utilizado como publicidad en una lata de arvejas. Y esto ya no es arte. Por supuesto que no lo es, pero los públicos masivos son los que consumen el arte y lo transforman, lo dan vuelta y lo vuelven a transformar.

Los modelos de automóviles transpiran arte. Los diseñadores emplean todo su genio para hacerlos. La moda es arte, una bolsa es arte, un corte de pelo es arte, no sólo un cuadro o una edificación arquitectónica.

El arte no es inútil. Sólo lo es si se piensa que con él se puede salvar al mundo o ser más feliz.

Tanto hablar de arte y arte, me dieron ganas de hablar sobre Salvador Dalí, el único artista-pintor que admiro. Pero como no soy la persona indicada para opinar sobre su intención intelectual, voy a dejar imágenes de los cuadros que a mi entender son lo mejor de su obra.







lunes, 28 de julio de 2008

Continuidad de los parques

Por falta de tiempo, no pude escribir mucho, así que les dejo una obra excelente de Julio Cortázar, "Continuidad de los parques".

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

sábado, 26 de julio de 2008

Ponele música Vip

Esta es la oficina del pánico.
Sección 917 puede haber sido alcanzada.
Activar siguiente proceso

Más sano, más feliz, más productivo
- cómodo
- no bebe demasiado
- ejercicio regular en el gimnasio (tres días a la semana)
- desenvolviéndose mejor con sus empleados asociados actuales
- a gusto
- comiendo bien (no más cenas de microondas y grasas saturadas)
- un conductor mejor más paciente
- un coche mas seguro (niño sonriente en el asiento trasero)
- durmiendo bien (sin malos sueños)
- sin paranoias
- se preocupa por todos los animales (nunca tira arañas por el desagüe)
- mantiene el contacto con viejos amigos (disfruta de una copa de vez en cuando)
- frecuentemente dispondra de cuenta de crédito en un (moral) banco (agujero en la pared)
- favor por favor
- cariñoso pero no enamorado (novias y esposas)
- órdenes regulares de caridad
- supermercado de circunvalación los domingos
- no mata moscas o pone agua hirviendo a las hormigas
- lavado de coche (tambien los domingos)
- ya no teme a la oscuridad
- o a las sombras de mediodía
- nada tan ridiculamente juvenil y desesperado
- nada tan infantil
- al mejor ritmo
- más despacio y mas calculado
- sin oportunidad de escape
- ahora autoempleado (su propio jefe)
- preocupado (pero sin poder)
- un informado y facultado miembro de la sociedad (pragmatismo no idealismo)
- no llorará en público
- amigas y esposas
- menos oportunidades de enfermedad
- neumáticos que se agarran en suelo húmedo (tirará del niño atado en el asiento trasero)
- limpio afeitado
- una buena memoria
- aún llora en una buena película
- aún besa con saliva
- ya no vacío y frenético
- como un gato
- atado a un palo
- que es llevado a
- mierda invierno congelado (la habilidad de reir de la debilidad)
- calma
- más en forma, más sano y más productivo
- un cerdo
- en una jaula
- de antibióticos

Fitter, happier more productive, Radiohead

sábado, 19 de julio de 2008

Un año sin el Negro

(26 de noviembre de 1944 - 19 de julio de 2007)





sábado, 12 de julio de 2008

El reino vacío: pecar de ingenuos

Cuando me siento a escribir sobre la Argentina, se me pone la piel de gallina. Tenemos los recursos naturales, pero no los usamos; tenemos la capacidad inventiva, pero la desaprovechamos; tenemos riqueza cultural, pero pecamos de ignorantes; eramos respetados por el mundo entero, pero nos la creimos y terminamos siendo señalados por todos. Esto me hizo recordar un pequeño cuento que hace unos años escribí, cuando mi inventiva era muy precoz, y que refleja un futuro posible para nuestro país en el caso que sigamos errando el camino.

EL REINO VACÍO



La tierra que yacía en Ludovia era la más fértil de todos los reinos que integraban la meseta del Oeste, desconocida por muchos extranjeros y mercaderes que navegasen por los mares. Pero no la utilizaban para cultivar, ni para criar ganado. Sus aguas eran las más puras, sabrosas y dulces de los reinos, pero sus habitantes no la tomaban, ni navegaban por ellas; no pescaban, ni la utilizaban para la higiene.

Los intelectuales de Ludovia eran los más inteligentes que existían por esos lugares, sin embargo no pensaban, ni razonaban; no explicaban, ni enseñaban y no utilizaban sus conocimientos para ordenar e instruir a la sociedad. Los esclavos (como cualquiera de ellos lo hacía) no trabajaban para sus dueños, y los siervos no servían.

Los gobernantes eran los más capaces y ricos, sin embargo no ejercían su poder: ni legislaban, ni daban órdenes, solo hacían lo que todos: nada. Todos, completamente todos, tenían una posición en los escalafones de Ludovia, cada uno de los ciudadanos tenía una función, pero no la ejecutaban.

A pesar de todo, éste era uno de los lugares más ricos y mejor administrados de los reinos del Oeste. Tenía una simple distribución política y económica, con dos reyes a la cabeza, un consejo de 50 personas que influían, mejor dicho no intervenían, y un tanto más para la administración. Había nobles, campesinos, artesanos, ciudadanos libres; niños, ancianos, prostitutas, vagos, ladrones, usureros y hasta jugadores empedernidos. Contaban con una moneda, que no hace falta aclarar, no la utilizaban. No cabría la posibilidad de explicar cómo este lugar se mantenía firme con tantos desperfectos en su obrar. En realidad, la hay, y un poco tonta pero verdadera.

Al norte de Ludovia, un poco más lejos del sur, había un gran caserón, cubierto con oro y joyas relucientes, los marcos de las puertas y de las ventanas estaban forrados con diamantes preciosos del Asia Menor, por si acaso, muy difíciles de conseguir. Contaba con cuatro habitaciones con grandes dimensiones, tres salas de ocio y un solo baño. Una única persona residía allí, una de las más singulares de las que existían por el lugar. Era un hombre capaz, honesto y muy preparado para asociarse con las personas con las que trataba. Nadie conocía su origen, ni a que se dedicaba, solamente conocían su nombre: Jack Foluar.

Todos creían en él y lo agasajaban constantemente, esperaban que resolviera los problemas que nadie más podía solucionar y él respondía con creces. Pero solo se lo podía encontrar los últimos diez días de cada mes, el tiempo restante viajaba.

Jack abastecía completamente a toda la sociedad, la proveía de alimento, que no obtenía de sus tierras, ni de sus aguas; suministraba los materiales de construcción para las viviendas; las herramientas, las joyas, las bebidas y todo tipo de producto exótico que se encontrara.

Él era el único que brindaba su capacidad de trabajo en Ludovia. Jack no rendía cuentas a nadie de la forma en que conseguía todo. Nadie se preguntó jamás de donde salía todo lo que Jack les brindaba. Jack cumplía, Ludovia agradecía.



Cuando volvía de sus viajes, con su espada de madera (en tributo a la luna) era recibido por el pueblo con un gran festejo que duraba unas cuantas horas y que se encargaba de dejar ebrio a medio reino.

Un 20 de mayo Jack no regresó.

La gente comenzó a impacientarse y a desesperarse, no entendían el porqué, Jack nunca faltaba a sus obligaciones. El alimento empezaba a escasear; hasta que no quedó nada. Todos comenzaron a murmurar que quizás era tiempo de utilizar las tierras y las aguas, o morirían. Pero el lema de Ludovia: “jamás las tierras y las aguas se usarían, pues la perdición los alcanzaría”, fue más fuerte que el hambre y la desilusión. Así la gente, desnutrida y descompuesta, comenzó a morir, creyendo que tal vez, algún día, Jack volvería.

El reino de Ludovia desapareció de la vista de todos, y quedó vacío, totalmente vacío.

sábado, 5 de julio de 2008

La religión al borde de la locura: alcanzar lo que promete el Señor



Y así fue planeando su muerte…y la de ella. Sus ideas eran cada vez más certeras y su vida se llenaba cada vez más con un ego propio que lo absorbía. El demonio de los cielos se apoderaba muy apresuradamente de su alma.

Y así, fue planeando su muerte… y la de ella.

Pero la de ella, era insospechada, era tremendamente infortunada. Sus metas estaban al alcance de sus manos y no se daría cuenta del mal que llevaba inmerso.
Pero el Gran Señor, lo diría así, sin más remedios.

Amordazando su cabeza se convirtió en su propio enemigo, en su propio leviatán. Sin manos ni menos, la observó, evitó que derramara su mal y la sedujo hacia su inmenso portal. Ese portal macizo que nadie derrotó jamás, “La casa del Señor”.

El dirigió todas sus plegarias en un solo destino. Afirmó ser parte de un mundo interior impenetrable. Su creencia en el Reino más lejano lo motivó a resguardarse del mal, a preparar su tiempo de Gloria y a vivir por toda una eternidad, solo una, solo la que le prometían.

Al Templo escuchó, y al Templo obedeció.

Se aferró a los dichos más extraordinarios de las leyendas humanas, y los escuchó. Estaba impreso en uno de sus versos: “Ya no habrá allí ninguna maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la Ciudad, y sus servidores lo adorarán. Ellos contemplarán su rostro y llevarán su Nombre en la frente. Tampoco existirá la noche, ni les hará falta la luz de las lámparas ni la luz, porque el Señor Dios los iluminará, y ellos reinarán por los siglos de los siglos”.

Y la mató con sus propias manos. La llevó hacia su inmenso castillo de plegarias; la hizo bendecir desde el cielo prometido; clavó un puñal en su vientre; cayó junto a ella, y silenciosamente esperó ascender hacia la pureza para vivir por los siglos de los siglos.

martes, 17 de junio de 2008

Alguna vez lo dijo Cortazar

Disfrutar durmiendo de más en este fin de semana largo no me dio mucho tiempo para ponerme a escribir sobre lo que me apasiona. Pero como no quiero dejar pasar ni un día sin subir alguna nota (algo que me pasó la semana, también por falta de tiempo para ponerme a pensar), les dejo una "reflexión" de Julio Cortázar, ese genio que supo dejarnos un legado importantísimo con sus obras.

La tarea de ablandar el ladrillo, de Julio Cortázar.



"La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentrífica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero Hotel de Belgique.

Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podria transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.

Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada dia y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por que estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro.

Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y aceptar taimadamente su nombre de nube, su replica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por que te los daria? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y timbla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro hacia la pared y ábrete paso.

¡Oh cómo cantan en le piso de arriba! Hay un piso arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha de su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido.

Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las cosas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mi como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina."



Esta reflexión la pueden encontrar en "Historias de cronopios y de famas"